Me buscarán y me encontrarán

“Y me buscarán y me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón. “Jeremías 29:13

¿Alguna vez perdiste tus anteojos y, después de buscarlos por toda la casa, descubriste que los tenías sobre tu cabeza o colgados en tu cuello?

Hace poco, estando de viaje en otra ciudad y hospedada por una hermosa familia, salimos juntos hacia una reunión. Al finalizar, el esposo le preguntó a su esposa, que estaba a mi lado:

—Amor, ¿vos tenés mi campera?

Las dos nos miramos pensando que no habíamos entendido bien la pregunta.

—¿Mi abrigo lo tenés vos? —insistió.

Y ambas, con una sonrisa contagiosa, le respondimos:

—¡Lo tenés colgado en tu brazo!

Muchas veces buscamos algo que ya está con nosotros.

Hay un chiste que suelo contar para explicar una verdad sencilla: a Dios no se le pierde nadie.

Dicen que en una iglesia bautista una madre viuda llevaba a sus dos hijos, ambos muy inquietos y risueños. Un día, después de la reunión, se acercó al pastor y le dijo:

—Pastor, ya no sé qué hacer con ellos. Les hablo, los corrijo, pero siguen portándose igual.

El pastor respondió:

—Tranquila, tráelos a mi oficina. Quiero hablar con ellos.

Los niños fueron bastante serios, imaginando que algo importante sucedería. Cuando entraron, el pastor los invitó a sentarse y les hizo una sola pregunta:

—Jovencitos, ¿dónde está Dios?

Los niños se quedaron inmóviles.

—¿Dónde está Dios? —repitió el pastor.

Los hermanos se miraron aterrados. Finalmente, uno le dijo al otro:

—¡Corramos de acá! ¡Perdieron a Dios y nos quieren echar la culpa a nosotros!

Cada vez que recuerdo esta historia sonrío, pero también pienso en cuántas veces vivimos como si Dios estuviera lejos, escondido o difícil de encontrar.

Hace un tiempo alguien me preguntó:

—¿Cómo cuidás tu intimidad con Dios cuando tu agenda está tan llena?

Y recordé estas historias.

Creo que la intimidad con Dios comienza cuando dejamos de pensar que Él está perdido o distante. La intimidad se fortalece cuando recordamos que somos su morada y que su presencia nos acompaña dondequiera que estemos.

Mi conciencia de hija me mantiene enfocada en una realidad sencilla: sé que el Padre me oye y sé que yo también puedo oír su voz.

Por supuesto que amo los tiempos de oración, el silencio y los momentos apartados con Él. Pero mi relación con Dios no depende exclusivamente de un lugar especial o de circunstancias perfectas.

He escuchado su voz caminando por los pasillos del trabajo. He conversado con Él mientras corría para alcanzar un tren o un avión. He recibido dirección mientras viajaba, trabajaba o resolvía asuntos cotidianos.

Sin embargo, también he tenido días de distracción.

Días en los que siento que no escucho con claridad. Días en los que estoy tan ocupada que pierdo sensibilidad para percibir lo que Él quiere decirme.

Hace poco me ocurrió algo que me ayudó a entenderlo.

Debía tomar un micro y, aunque generalmente llego entre treinta y cuarenta minutos antes de la salida, aquel día todo se complicó. El despertador no sonó, salimos tarde y llegamos justo cuando el micro se estaba yendo delante de mis ojos.

Corrí hasta la ventanilla. La agencia llamó a los choferes y lograron esperarme unos kilómetros más adelante. Gracias a la ayuda de mi esposo, que manejó con rapidez, pude alcanzarlo.

Cuando finalmente subí, pedí disculpas a los choferes y pasajeros y me senté pensando:

“¿Qué me pasó? Yo no soy así.”

Me sentía extraña e incómoda.

Entonces le escribí a mi esposo:

—Gracias por ayudarme. ¿Sabés qué? Me he sentido rara estos días. Estoy feliz con lo que hago, agradecida por viajar y por tu apoyo, pero siento que algo no está bien.

Su respuesta fue sencilla:

—Tranquila. Creo que has estado un poco distraída.

Y ahí entendí.

No era falta de amor por Dios.

No era que Él se hubiera alejado.

No era que hubiera dejado de hablarme.

Simplemente estaba distraída.

Entonces comencé a conversar con mi Padre. Hablamos de mi cansancio, de mis distracciones y de mi profundo deseo de seguir escuchando su voz. Le recordé cuánto necesito su dirección, porque sin Él nada puedo hacer.

Y mientras hablaba con Él, volví a comprender una verdad que nunca cambia:

Dios no se había movido.

Él seguía allí.

Tan cerca como siempre.

Para reflexionar

Muchas veces no necesitamos encontrar nuevamente a Dios; necesitamos volver a ser conscientes de su presencia.

Él no se pierde.

No desaparece.

No deja de hablar.

Pero en medio de las responsabilidades, el cansancio y las preocupaciones, podemos distraernos.

Por eso Jeremías nos recuerda:

“Me buscarán y me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón.”

Cuando volvemos nuestro corazón hacia Él, descubrimos que siempre estuvo allí.

Esperándonos.

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