Los anonimos

Definición de «anónimo»: Que es un autor desconocido o que no se da a conocer.

Marcos 12:43-44 y Lucas 21:2-3 hablan de una anónima que dio extravagantemente; «lo dio todo», dice otra versión. Esta fue una ofrenda trascendental. Quizás ella al dar su total y final ofrenda estuviera diciendo a su Dios: «Padre y creador, hasta mi último respiro es tuyo». Hasta el día de hoy se sigue hablando de ella como un ejemplo de confianza absoluta en su proveedor. Hay un versículo que aprendí siendo niña, Mateo 6:3 (versiones TPT y MSG.): «Que ni tu izquierda sepa lo que hace tu derecha». Qué loco pensar que tan cerca está una mano de la otra y no se pasen información la una a la otra. Yo digo: «Pero ellas andan juntas todo el tiempo, trabajan juntas; qué difícil sería, ¿no?» ¡Quizás hasta imposible! Pero creo que el ejemplo está muy bueno para decir: «Aun hasta el más cercano a ti, ¡que ni se entere!» ¿Es un desafío?

Dios lleva bien las cuentas. Hace unos años oí esta frase y selló mi corazón. La considero tan mía como si hubiera salido de mí. La historia que la acompañaba tenía que ver con un predicador que había tenido mucho éxito, y Dios le muestra que ese fruto no había sucedido solo por que él hubiera hecho bien su trabajo, sino también por las oraciones que una anciana hacía en secreto por él.

Cuántos hijos de Dios que no conocemos, y quizás no conoceremos, están sembrando oraciones por nuestras vidas. Cuántos en secreto están trabajando día y noche a favor de nuestras vidas y no sabemos quiénes son y quizás jamás lo sabremos.
Me impacta saber que todo lo que hacemos tiene una trascendencia no solo en nuestras vidas, sino también en la de otros .

El poder y la influencia que tiene lo que hacemos en secreto es realmente significativo, no solo para lo bueno, sino también para lo malo; pero en este caso me enfocaré en lo que es bueno, honorable, de buen nombre y que proviene desde el corazón del Padre por amor y beneficio a nosotros y a otros.

Que tu mano izquierda no sepa qué hace tu derecha.
Mateo 6:3

«Examina tus motivos para asegurarte de no presumir cuando haces buenas obras, solo para ser admirado por los demás; de lo contrario, perderás la recompensa de tu Padre celestial. Por eso, cuando des a los pobres, no lo anuncies ni hagas alarde de ello solo para ser visto por la gente, como los hipócritas en las calles y en las plazas. Pero cuando demuestres generosidad, hazlo con motivos puros y sin llamar la atención. Dad en secreto y vuestro Padre, que ve todo lo que hacéis, os recompensará en público.»

En mi vida he tenido muchos anónimos. A unos tuve y tengo el privilegio de conocerlos; quizás para usted sean anónimos siempre, pero sepa que muchas cosas de las que hoy disfruto es por ellos. Sin ir más lejos, la computadora nueva en la que estoy escribiendo, fue sembrada por una persona que decidió permanecer en el anonimato cuando le propuse hacer público mi agradecimiento. Esto me da para pensar que muchas veces usted y yo somos beneficiados por otros sin saber quiénes son. Uno de mis cuñados, siempre me dice: «Nada es gratis. Usted lo disfruta, pero alguien pagó por ello».

Hace no mucho tiempo alguien me regaló letras de canciones inspiradas por un momento único para esa persona. Le dije que para mí era un honor, pero que el día que fueran grabadas iba a poner su nombre de autor, y esa persona me dijo: «Prefiero que no. Quisiera que fuera anónimo y esto quedara entre Dios, usted y yo.» Anónimo no es solo el que no conozco, sino aquellos que deciden serlo.

El corazón de un anónimo.

«Luego se sentó cerca de la caja de ofrendas, mirando a todas las personas que echaban sus monedas. Muchos de los ricos ponían sumas muy grandes, pero una viuda indigente se acercó y echó dos pequeñas monedas de cobre, que valían menos de un centavo. Jesús llamó a sus discípulos para que se reunieran y luego les dijo: “De cierto les digo, esta viuda pobre ha dado una ofrenda más grande que cualquiera de los ricos. Porque el rico solo dio de lo que le sobraba, pero ella sacrificó de su pobreza y dio a Dios todo lo que tenía para vivir, que era todo lo que tenía.» Marcos 12:41-44, TPT

Esta breve, pero profunda enseñanza, es maravillosa para mí. Me imagino a Jesús mirando las ofrendas, más que eso él no miraba el valor, sino el corazón que acompañaba a esa ofrenda. Esa mujer no registra más nombre que «viuda» y así quedó escrito; quizás jubilada, quizás no tenía familia que se ocupara de ella, pero su actitud de corazón y ofrenda fueron trascendentes y conocidas hasta hoy. Observe esto: se habla de esta ofrenda y actitud de corazón. ¡Wow! Esto es lo que veo del versículo «y el Padre que te ve en secreto, te recompensará en público». Creo que mucha de nuestra recompensa es lo que otros están aprendiendo y disfrutando hoy y si eso es así, más allá de los honores no dados, que sin duda es y será una pérdida para el que no lo ve, esto es maravilloso.

Otro caso de anonimato es el del Gadareno. Se habla de él como «Gadareno» y «endemoniado», porque esa fue su fama antes de encontrarse con un «anónimo» también (si, creo que Jesús para este hombre perturbado quizás era alguien más, hasta que su influencia de amor lo atrapó, lo sanó, liberó y restauró). Pero me encanta saber que él resultó ser el primer evangelista después de haberse encontrado con Jesús. El poderoso amor del Padre, quien transformó esa vida y la impactó de tal manera que él no dudó en pedirle que lo llevara con él. A lo que Jesús no solo le dijo que no, sino que le dio una instrucción que terminó obedeciendo y siendo ya no un anónimo para muchos, sino alguien que conoció el inagotable amor del Padre y lo dispensó a cientos y quizás miles, convirtiéndose en un anónimo quizás para nosotros, pero un evangelista para muchos.

Creo que los anónimos son personas que, en sus corazones y oídos espirituales, saben ser dirigidos por la voz de su Padre, creador y Dios. Ellos viven por un fluir en sus vidas y todo a su alrededor es transformado. Su movimiento no es desde la motivación de hacer algo bueno, sino que es un fluir desde el Ser a algo extraordinario. Ellos saben que no son únicos (y aunque lo son), saben que no andan solos, sino que son parte de un plan perfecto que el Padre pensó para sus vidas y para las vidas de los que toquen.

Ellos son personas agradecidas, que saben que tienen mucho más de lo que se puede contabilizar; saben lo que se invirtió en sus vidas, las oraciones que nunca oyeron, el servicio que nunca vieron, la mano que dio para sus vidas sin saber de quién era. Pero saben que alguien lo hizo y esto fue un impacto en ellos.

Los agradecidos anónimos son los que dejan expresar esa oportunidad de gratitud.

Los anónimos no prometen; ellos se involucran y no necesariamente tienen todo para hacerlo, sino que creen y ese creer hace que todo suceda. Yo los llamaría «colaboradores de la gracia». Ellos quieren, se involucran y todo sucede a favor de personas que quizás jamás vayan a darles las gracias.

Los anónimos rara vez esperan a que otro inicie; no necesitan propaganda y sus compromisos no son con nadie más que con el sentir en sus corazones.

No son personas que se dejan contaminar tan fácilmente, porque quien alguna vez fue bendecido por un anónimo, el impacto de esa bendición enciende corazones en más gratitud. Los ingratos, las voces de crítica son de aquellos que en algún momento se dejaron contaminar, o sus corazones no estaban resueltos a vivir en pureza.

Creo que los anónimos son movidos por el poderoso amor del Padre y quizás no son personas que le hayan conocido profundamente. Así también creo que hay hijos de Dios, poderosos anónimos, que aman al Padre y fluyen dispensando ese amor genuino y poderoso que todo lo transforma.

Uno de mis viajes en el año 2017 (junto a nuestra amada Apóstol Kimberly, cinco pastoras y dos equipadoras), fue sembrado por un anónimo que había conocido el amor del Padre. La historia es esta: No había comprado el boleto y ya estábamos al límite de la confirmación con la compra. En esos días le dije a mi esposo que iba a cerrar una cuenta que tenía abierta hacía mucho tiempo y no la usaba; es más, ya no recordaba el número de cuenta. Fui al banco a cerrarla y ellos me ayudaron con todos los trámites correspondientes. Después viene un empleado y me dice: «Cerramos la cuenta. Si saca antes lo que tiene dentro…» Yo mire al Pastor Andrés y le dije: «¡Lo que haya ahí será para mi boleto a Honduras!» Para mi gran sorpresa de gozo, ¡allí estaba la totalidad de mi boleto, y para que yo conectara ese dinero en mi principio de dar generoso!

Los anónimos serán anónimos para usted, para mí, para las redes, etc., pero jamás lo serán para el Padre, para aquel que hizo grandes milagros que quizás no llegaron a ser registrados. Fueron puestos en alto y reconocidos por su Padre. Dios lleva muy bien las cuentas, nada se le escapa. Él es el mejor y mayor matemático de todos los tiempos; su lenguaje es honra, promoción y reconocimiento. Él pesa los corazones, ve las intenciones y de repente te encuentras con todo eso y te das cuenta de que nada es en vano, que nada cae en saco roto y sé que te conmoverá desde tu espíritu que aquel que te vio en lo secreto, te recompensará en público.

Esta historia continuará… con usted.

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