Hoy quiero que pensemos en algo. Muchas veces pensamos que las tinieblas son solamente el mal o el pecado. Pero en nuestra vida diaria, las tinieblas suelen manifestarse de otras maneras: confusión, falta de visión, miedo, inseguridad, comparación, desánimo o desconocimiento de quiénes somos realmente.
Las tinieblas nos impiden ver. Muchas veces significa ausencia de visión.
No vemos nuestro valor. No vemos nuestros recursos. No vemos nuestras capacidades. No vemos el propósito de Dios en nuestras vidas.
Dios ya puso todo lo necesario dentro de nosotros, pero todavía no podemos verlo.
Y cuando no vemos, comenzamos a caminar desde la confusión. Dudamos. Nos comparamos. Nos sentimos insuficientes. Pensamos que nos falta algo para comenzar. Que nos falta preparación. Que nos falta capacidad. Que nos falta valor.
¿Y si no te falta nada?
Muchas veces vivimos desde la sensación de carencia. Pero la realidad es que no nos falta nada. Somos completos en Cristo.
No en una autosuficiencia, sino en una dependencia del Padre arraigados y cimentados en amor, alineados a lo que en Efesios 2:10 está escrito para manifestar las buenas obras que ya han sido escritas en nosotros.
El Reino no nos invita a vivir desde la falta, sino desde la plenitud. La abundancia.
El salmo 23, comienza con una declaración poderosa: “El Señor es mi Pastor; nada me faltará”.
No es la afirmación de alguien que tiene todo resuelto. Es la certeza de alguien que conoce la Fuente. Porque cuando entendemos quién es nuestro Pastor, dejamos de vivir obsesionados con lo que creemos que nos falta y comenzamos a reconocer todo lo que ya hemos recibido.
Pablo también escribe en Colosenses 2:10 (Amplificada): “y en Él ustedes han sido hechos completos [alcanzando plenitud espiritual], y Él es la cabeza sobre todo principado y autoridad”.
No dice que algún día estaremos completos. Dice que en Cristo hemos sido hechos completos. Esto significa que nuestra identidad no está incompleta. Nuestro valor no está incompleto. Nuestro diseño no está incompleto. Todavía podemos crecer, aprender, madurar, pero no porque nos falte algo esencial, sino porque estamos descubriendo todo lo que ya nos fue dado en Él.
Y al mismo tiempo, Jesús nos recuerda en Juan 15:5 “Yo soy la vid; ustedes son las ramas. El que permanece en Mí y Yo en él, da mucho fruto; porque separados de mí, nada pueden hacer”.
La plenitud no se encuentra esforzándonos por producir nuestra propia luz. La plenitud se encuentra permaneciendo conectados a la Fuente de la luz. Porque fuera de Él nos agotamos intentando ser. Pero en Él, descubrimos que ya somos.
Y cuando permanecemos unidos a Cristo (ya somos una divina unidad con Él, pero debemos permanecer en unidad y equidad de pensamiento, perspectiva, alineados a la fe del Hijos), comenzamos a ver lo que antes no veíamos: los recursos, los dones, la gracia, la fortaleza y el propósito que siempre estuvieron allí.
Por eso la luz es tan importante. Porque la luz no crea. La luz revela.
Si entramos en una habitación oscura y encendemos una lámpara, los muebles no aparecen en ese momento. Siempre estuvieron allí. La luz simplemente nos permite ver lo que ya existía. Y creo que muchos están esperando que Dios les dé algo que Él ya les entregó hace tiempo: Identidad. Propósito. Valor. Diseño. Recursos. Capacidad para influir. Capacidad para amar. Capacidad para transformar ambientes.
Todo eso ya está. La pregunta es: ¿Lo estamos viendo?
Cambiar la mirada para descubrir lo que ya tenemos
Romanos 12:2 (Amplificada) dice:
“No se adapten a este mundo (a sus costumbres superficiales y valores), sino sean transformados y progresivamente cambiados [a medida que maduran espiritualmente] mediante la renovación de su mente, para que puedan comprobar cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, aceptable y perfecto”.
Durante años leí este versículo pensando en cambiar conductas. Pero cada vez más veo que Pablo está hablando de cambiar la manera de ver. Porque una mente renovada ve diferente. Donde antes veía obstáculos, ahora ve oportunidades. Donde antes veía limitaciones, ahora descubre recursos. Donde antes veía fracaso, ahora encuentra aprendizaje. Donde antes veía oscuridad, ahora reconoce posibilidades.
La transformación comienza cuando dejamos de mirar nuestra vida desde las viejas narrativas y comenzamos a verla desde la verdad de Dios.
La comparación es una forma de oscuridad
Porque cuando me comparo, dejo de verme. Empiezo a mirar la asignación de otra persona. Su historia. Su llamado. Su forma de hacer las cosas. Y mientras observo su luz, dejo de descubrir la mía. Pero Dios jamás tuvo la intención de producir copias. Cada persona revela algo único de Su naturaleza. Por eso tu luz no compite con la mía. Y la mía no compite con la tuya. No hay dos diseños iguales. No hay dos historias iguales. No hay dos llamados iguales. Y cuando entendemos esto, dejamos de intentar ser alguien más y comenzamos a manifestar quiénes realmente somos.
Permanecer en libertad
Gálatas 5:1 (Amplificada) dice:
“Fue para esta libertad que Cristo nos hizo libres [completamente libres]; por lo tanto, permanezcan firmes y no vuelvan a someterse al yugo de esclavitud.”
Me llama la atención que Pablo no dice solamente que somos libres. Dice que permanezcamos en esa libertad. Porque es posible haber sido liberados y seguir pensando como esclavos. Volver a las viejas etiquetas. Volver a las viejas heridas. Volver a las viejas definiciones. Volver a creer que somos lo que nos pasó. Volver a creer que somos nuestros errores. Volver a creer que somos nuestras limitaciones. Y cada vez que regresamos a esas viejas formas de pensar, comenzamos a vivir debajo de nuestra verdadera identidad.
La esclavitud no siempre son cadenas visibles.
A veces son ideas que nunca cuestionamos. Por eso Pablo dice: Permanezcan. No regresen. No vuelvan a vivir desde una versión de ustedes que ya no existe.
Somos luz
Algo hermoso de una llama es que puede encender miles de llamas sin disminuir su intensidad. Y así funciona el Reino. Cuando descubro quién soy, no necesito competir. Puedo celebrar. Puedo impulsar. Puedo acompañar. Puedo recordarles a otros quiénes son. Porque una persona que conoce su identidad no se siente amenaza ante la identidad de otro. Al contrario. La confirma. La honra. La despierta.
Quizás una de las mayores expresiones de amor sea ayudar a alguien a ver la luz que todavía no alcanza a reconocer en sí mismo.
Para terminar, recuerda, hoy Dios quiere encender nuevamente tu visión. Quiere que dejes de mirar lo que te falta para comenzar a ver todo lo que Él ya depositó en tu vida. No vuelvas a las cadenas de las que Cristo te liberó. No vuelvas a los viejos preconceptos, no vuelvas a la comparación, no vuelvas a la oscuridad. Renueva tu mente. Permanece en libertad. Y permite que la luz de Dios revele el hijo de Dios maravilloso que eres, irrepetible, que siempre estuvo ahí. Porque cuando un hombre y una mujer descubren quiénes son, no solo cambia su vida… también ilumina el camino de muchos más.
Una chispa enciende a otra chispa, hasta que juntas forman un fuego imposible de ignorar; y termina convirtiéndose en un fuego que transforma todo a su alrededor.
Con amor,
Romi.





