La Enfermedad

¿Qué es la enfermedad?

Es la dolencia del cuerpo, del alma y/o del espíritu.

¿Por qué llegamos al punto de  vivir con una enfermedad si somos hijos de Dios?

Somos espíritu, alma y cuerpo, y estos dos últimos deben ser tratados y gobernados por nuestro espíritu.  Pero esto no siempre es así. Como dice 3ª Juan 1:2: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”, hay una íntima relación entre el alma y el cuerpo, lo que nos lleva a pensar que muchas de las enfermedades son consecuencia de un alma no renovada la presencia de emociones y sentimientos negativos o de situaciones de mucho tiempo sin resolver, terminan siendo depositados en el cuerpo, provocando síntomas o enfermedad. Además, un alma no renovada nos lleva a tomar malas decisiones, como por ejemplo, escoger no cuidar nuestro cuerpo, teniendo como resultado el sedentarismo, una alimentación no saludable, no acudir a controles médicos, etc. En conclusión, cuando un alma no renovada es lo que está gobernando nuestra vida, nos lleva a obrar en contra de nosotros mismos y, por consiguiente, en contra de nuestro cuerpo. Desde mi punto de vista, debemos usar todas las herramientas a nuestro favor y cooperar con el plan divino; nuestro cuerpo nos debe acompañar sano y fuerte para cumplirlo.

¿Qué es el dolor?

Como expusimos  al principio, la enfermedad es una dolencia y el dolor es  la interpretación del cerebro  ante un estímulo en nuestro cuerpo. Cuando hay una lesión en la piel, en un músculo, en un órgano, etc, esa señal viaja por los nervios y se transforma en información que va a llegar a nuestro cerebro (mente) para ser procesada, descodificada para no repetir. Al renovar mi mente (pensamientos), podría modificar esa sensación, podría aumentar el umbral de dolor o, directamente, dejar de sentirlo. Si reemplazo los pensamientos de dolor por pensamientos de sanidad (los pensamientos que Dios tiene), entonces podría manifestar mi sanidad. Si hay gente que, aplicando este principio,  camina sobre brasas o se acuesta en camas de clavos, cuánto más aquellos que tenemos una verdad en la cual enfocarnos.  Si, por el contrario, nuestro cuerpo está gobernando, el dolor puede provocarnos un malestar físico y mental, que altera  nuestros pensamientos, emociones y ánimo y empeora la sensación de dolor.

¿Qué pasa cuando enfermamos?

Si estamos experimentando un inconveniente en nuestra salud, primero debemos reconocer quiénes somos en Cristo. Él está dentro nuestro y, por lo tanto, la salud divina también lo está, por eso debemos conectar nuestra fe para creer lo que Dios ya hizo.  Es fundamental alimentarnos de la palabra revelada y no de información tóxica para nuestra mente. Pongamos un ejemplo, Cuando alimentamos el cuerpo con algo que lo intoxica (intoxicación alimentaria), nuestro organismo, reacciona eyectando de sí mismo (vómitos y diarrea) aquello que le hizo mal. Esta resulta ser una buena referencia de cómo debería actuar nuestra mente cuando se intoxica con información o pensamientos que nos hacen mal, aunque, en este caso, deberíamos hacerlo de forma voluntaria. Tenemos que activar cosas dentro de nosotros y desactivar otras que no están dejando que mi fe actúe. Es un trabajo interno que cada uno debe hacer.

¿Cómo me intoxico la mente?

Dejándome creer que soy algo que realmente no soy.  Para descubrir mi identidad necesito del Padre, Él es quien mejor me conoce.

Alejándome del diseño original a uno alternativo creado por el hombre.

Siendo gobernado por los síntomas de enfermedad, haciéndolos parte, no solo de mi cuerpo, sino también de mi mente.

¿Qué pensamientos tuvimos, tenemos y tendremos de nosotros mismos? ¿Qué cosas hemos dejado adentro, abajo de la alfombra y no quisimos resolver por vagancia, comodidad, temor o por no conocer la verdad? Deberíamos tomar tiempo para bucear dentro nuestro y ver qué dejamos ahí escondido que no nos, está dejando creer y experimentar la sanidad. Debemos cooperar con todo lo que es bueno para nosotros.

Como vimos anteriormente, los síntomas son producto de nuestra mente o cuerpo, y este interfiere en nuestra creencia. Hay personas que, luego de perder un brazo o una pierna, siguen sintiendo su presencia o, incluso, dolor u hormigueo en esa extremidad, a pesar de sea inexistente (síndrome de miembro fantasma). ¡Si nuestra mente puede creer que aún existe algo que ya no está, también podría creer que no existe algo que sí está, ya sea, un dolor, una molestia, un tumor o una enfermedad!

Los síntomas vienen a hablarnos. Lo hacen cada día y, a veces a cada hora y a cada minuto. Es por eso que nuestra creencia debe hablarnos más fuerte, más seguido, de manera tal que contrarreste al síntoma y nos permita elegir poner nuestra atención, nuestro enfoque a las palabras del Padre y usar la fe que nos da acceso a lo que depositó dentro de nosotros.

Como dice Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”, amó y ya nos dio.

¿Qué está esperando? Todo está dentro suyo. De usted depende empezar.

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