Conformismo, contentamiento o codicia.

En la vida, es crucial encontrar un equilibrio entre conformismo, contentamiento y codicia, especialmente desde una perspectiva bíblica. El conformismo nos lleva a la pasividad, aceptando situaciones sin esforzarnos por crecer o avanzar en el propósito que Dios tiene para nosotros. Por otro lado, el contentamiento, como enseña la Escritura, es un estado de plenitud en Cristo, donde encontramos satisfacción en su provisión y propósito, sabiendo que en Él estamos completos.

Sin embargo, la codicia, llevada al extremo, nos desvía del verdadero enfoque: Cristo. Cuando nuestras metas y objetivos terrenales se vuelven más importantes que nuestra relación con Dios, surge una desconexión con el propósito integral que el Padre tiene para nuestras vidas. Este desequilibrio nos aleja de vivir en plenitud y nos enfoca en lo temporal, perdiendo de vista el centro de nuestra existencia: la comunión con Cristo y su voluntad.

No creo que un hijo de Dios persiga intencionalmente la codicia, ni quiera quedarse estancado en el conformismo. Encontrar la verdadera libertad que nos permite vivir la verdad en Cristo, con un equilibrio integral en la vida, no es tan difícil si comprendemos los valores fundamentales de un hijo de Dios. Aunque hay muchos principios y valores importantes, existen algunos que son esenciales y sobre los cuales todos los demás se sustentan.

Mi intención no es restar valor a los demás principios y valores de las Escrituras, sino simplificar el enfoque para ayudarnos a cimentar nuestras vidas en Cristo. De esta manera, podremos maximizar el potencial que ha sido depositado en nosotros y manifestar ese propósito único y especial que Dios nos ha dado, con el fin de vivir en verdadero bienestar. Al mismo tiempo, esto nos permitirá ser de gran beneficio para quienes nos rodean.

Tres pilares fundamentales para vivir el equilibrio en identidad y propósito son:
– Amar a Dios Padre con todo tu ser.
– Amar a tu prójimo como a ti mismo.
– Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia.

Éste último tiene como beneficio la añadidura de todo lo demás que podría necesitar en la vida. Los primeros dos tienen como esencia el mismo amor de Dios Padre.

Amar a Dios Padre con todo tu ser

Para muchos, Dios es un añadido; como un seguro de vida que les brinda un poco más de seguridad y estabilidad frente a los desafíos que enfrentan. Para estas personas, Dios es responsable de su provisión y protección, pero también lo culpan por sus problemas. Aman a Dios, pero aún no han comprendido la grandeza de vivir completamente dependientes de Él. Siguen con sus propios planes, motivaciones e intereses, y solo buscan una transformación cuando ya no pueden soportar sus circunstancias. Viven en un estado de conformismo. El conformismo es la actitud de aceptar pasivamente una situación, estado personal o idea sin intentar cambiarla por comodidad o falta de iniciativa.

El verdadero fundamento de tu vida surge cuando comprendes que Él ES la fuente de tu máxima expresión. Vivir completamente entregado a su amor y corresponderle de la misma manera, te lleva a un crecimiento constante en bienestar. Tu vida está intrínsecamente ligada a sus pensamientos, valores y enfoque. Eres guiado por Él y experimentas quién es el Padre en cada adversidad. Has dejado el conformismo para vivir en el contentamiento de un hijo de Dios que ha entendido que es heredero.

Amar a tu prójimo como a ti mismo

Cimentar tu vida en esta verdad simplifica todo de manera exponencial. Muchos de los problemas que enfrentamos en la vida involucran a otras personas: cónyuges, hijos, familiares, jefes, compañeros de trabajo o estudio, amigos, vecinos, entre otros. ¿Cuántos malentendidos, angustias, resentimientos, frustraciones, tristezas, discusiones, peleas y otras dificultades podríamos evitar si amáramos a los demás como a nosotros mismos?

El amor no daña al prójimo, no piensa mal. El amor nos libera del temor al rechazo y nos lleva a vivir con confianza y seguridad en nuestra identidad. A su vez, el amor que uno se tiene a sí mismo, desde la perspectiva del amor de Dios Padre, es un amor saludable que nos motiva a realizar los cambios necesarios en nuestra forma de pensar, para experimentar la transformación que nos conduce a la plenitud. Una persona que no se ama a sí misma no comprende la importancia de la transformación personal ni valora la herencia de la obra completa a su favor en Cristo. Su enfoque se limita a buscar soluciones inmediatas y superficiales a sus problemas, en lugar de abrazar un cambio radical en su forma de vivir.

Si te amas a ti mismo desde ese amor incondicional del Padre, que ha sido derramado en tu corazón y se ha convertido en tu esencia, comprenderás la hermosa verdad y el poder de una vida transformada. Ese mismo amor hacia ti te permitirá ser paciente y comprensivo con los demás, y el «ojo crítico» se transformará en el sensible corazón del Padre dentro de ti. Amarte a ti mismo evita la frustración con tu propia vida, lo que a su vez te lleva a ser paciente con los demás. Eliminas la tendencia a caer en el pozo de la condenación y la culpa que paraliza tu fe en Cristo. Y como si esto fuera poco, vivir enfocado en amar a Dios y a tu prójimo como a ti mismo te conduce a un avance continuo en identidad, propósito y bienestar. Estos primeros fundamentos te llevan a vivir en un contentamiento que impulsa un avance continuo. El contentamiento es un estado de satisfacción y paz interior en el que una persona se siente plena con lo que tiene y donde está, sin deseos excesivos ni afán por más, pero con la confianza en el aumento garantizado que proviene del Reino.

Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia

Por último, pero no menos importante, está el mandato de Jesús que encontramos en Mateo 6:33. Si pudiéramos comprender la magnitud de este mandato, lo haríamos nuestra prioridad en el contexto del amor. Los primeros dos fundamentos tratan de relaciones: ser amor y, por ende, amar, demostrando de manera integral quiénes somos como hijos de Dios. Al buscar primero el reino de Dios y su justicia, pareciera que se refiere a nuestro «hacer», y aunque tiene un aspecto práctico, la verdad es que este mandato está profundamente relacionado con cómo percibes tu vida en relación con el Rey del reino.

La justicia tiene que ver con tu identidad en Cristo y tu relación con el Padre (II Corintios 5:21). La revelación de que eres justicia de Dios en Cristo te permite entender tu rol dentro del reino de Dios. Un reino requiere de un Rey, y ese Rey es Cristo, quien tiene una voluntad y propósito que deben cumplirse dentro de su reino. Tú eres una parte clave en ese propósito. Has sido colocado en el reino para manifestar el corazón y el propósito del Rey; sin embargo, cuando este mandato deja de ser nuestra prioridad, aunque hayamos superado el conformismo, podemos caer en una trampa.

La codicia. Es el deseo excesivo de poseer más bienes, reconocimiento, riquezas o libertad económica, todo enfocado en nuestro propio placer. Cuando descubres quién eres en Cristo y la obra completa que Él ha hecho a tu favor —que «todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad ya te han sido dadas» (II Pedro 1:3)—, si tu vida no está enfocada en vivir esa identidad de justicia dentro del contexto del reino, estás en peligro de seguir una búsqueda excesiva desde tus propios deseos y no desde la perspectiva del Padre. Tu tiempo, energía y prioridades empiezan a centrarse en lograr o adquirir «todas las cosas», mientras que el reino de Dios queda en segundo plano, recibiendo solo las «sobras» de tu tiempo, recursos, dones, servicio y amor. Quieres vivir como heredero, pero las prioridades del Rey ya no son importantes y el reino deja de ser central en tu vida.

Vivir el equilibrio del contentamiento

Como hemos visto, los extremos son peligrosos. El contentamiento bíblico es un bienestar que crece de manera sobrenatural y «natural», como cuando un árbol frutal manifiesta lo que está en su ADN. Cristo nos ha dado todas las cosas para que las disfrutemos (I Timoteo 5:17), y nuestra herencia en todas estas cosas se encuentra en tres pilares fundamentales: 1) Amar a Dios, 2) amar a tu prójimo como a ti mismo y 3) vivir el reino de Dios en tu identidad de justicia como prioridad. Estos tres pilares nos protegen del engaño del conformismo y del esfuerzo propio e independiente que genera codicia.

Tomar el tiempo para evaluar hacia dónde está dirigiéndose tu tiempo, recursos, dones, energía y servicio te permite vivir el incremento y disfrute que provienen del contentamiento. En lugar de preguntarte: «¿Estará bien tal cosa? ¿Debería enfocarme en esto o aquello?», pregúntate: «¿Mi tiempo, mi vida, mi negocio, mi energía y enfoque están contribuyendo a la frescura y pasión de mi vida espiritual y al propósito dentro del reino?» Si la respuesta es «no», ámate lo suficiente para cambiar la estructura de tus pensamientos, transformarte y vivir el contentamiento que resulta del bienestar sobrenatural con un incremento continuo.

Apóstol Kimberly Angulo

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