Hace un par de años, mientras diseñaba un sector de la casa, le pedí a una persona que confeccionara un accesorio decorativo para ordenar las llaves. Más allá de lo estético, lo que deseaba dejar plasmado era un desafío permanente para la vida diaria. En él quedó escrita una frase sencilla y profunda, “Tú decides a dónde quieres llegar”.
A pesar del paso del tiempo, esa frase sigue siendo tan desafiante como el primer día en que colgué una llave. Es cierto que aquello que vemos a diario puede volverse invisible, pero cada vez que me detuve frente a esas palabras surgieron preguntas inevitables, ¿sé realmente a dónde quiero llegar?, ¿estoy caminando en esa dirección?, ¿o me he acomodado en un lugar que ya no me desafía? La respuesta a estas preguntas no está en las circunstancias ni en las oportunidades, está en un solo lugar, el corazón.
El corazón es el centro de nuestra vida. No solo desde lo físico, sino también desde lo emocional y espiritual. La Escritura nos exhorta con claridad, “sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él sale la vida que vivimos” (Proverbios 4:23). La vida que experimentamos hoy está profundamente conectada con aquello que hemos permitido habitar en el corazón.
El presente que vivimos refleja lo que fue atesorado allí, experiencias que se transformaron en verdades, palabras que tomaron peso de ley, creencias, miedos, deseos y aspiraciones. Por eso aprender el corazón no es un camino cómodo. Implica detenernos, mirarnos con honestidad y reconocer qué gobierna nuestro interior.
Guardar el corazón no significa aislarnos ni levantar muros. No es vivir a la defensiva, sino aprender a discernir. Cuidar el corazón es vigilar que aquello que no nos da vida no eche raíces. Jesús fue claro al enseñarnos que lo que verdaderamente contamina no es lo que entra en el hombre, sino lo que sale de él, porque del corazón proceden los pensamientos, las contiendas y los conflictos (Mateo 15:19, Marcos 7:21, Santiago 4:1).
El diseño de Dios para nuestras vidas es bueno, pero cuando el corazón no está rendido a Cristo y a su verdad, aun lo bueno puede desordenarse.
La Palabra nos recuerda, “si tu corazón te reprende…” (1 Juan 3:20). Solo Dios y nosotros conocemos lo que realmente habita en nuestro interior. Por eso, cuando la frase vuelve a resonar, “tú decides a dónde quieres llegar”, la pregunta clave no es cuánto deseo avanzar, sino quién gobierna mi corazón.
Cuando Cristo gobierna el corazón, el temor pierde autoridad. Jesús dijo, “no se turbe vuestro corazón, creed en Dios, creed también en mí”, y afirmó que hay dimensiones preparadas para que podamos entrar y disfrutarlas (Juan 14:1-3). La dirección se vuelve clara cuando el corazón está alineado.
Guardar el corazón es la llave para reconocer dónde estamos invirtiendo nuestras fuerzas, cómo estamos escuchando la instrucción y cuáles son los pasos que necesitamos dar. De él mana la vida, pero también, si no es cuidado, puede fluir aquello que no deseamos vivir.
El proverbio lo expresa con una honestidad profunda, “solo yo puedo conocer mis alegrías o mis penas” (Proverbios 14:10). Hay decisiones que nadie puede tomar por nosotros. Solo cada uno puede poner límites a lo que no nutre el corazón y avanzar con la confianza de haberlo inclinado hacia el Padre. A Dios no podemos engañarlo, y tampoco a nosotros mismos.
Por eso, algunas verdades prácticas se vuelven evidentes,
vivir bien o mal no depende solo de lo que nos pasa, sino de lo que gobierna nuestro corazón, rendir el corazón a los planes de Dios trae gozo, paz, paciencia y sabiduría para cada paso, solo Dios y yo sabemos a qué poner fin y hacia dónde avanzar, mientras mana la vida que un día vimos por la fe cuando recibimos a Cristo en el corazón.
La pregunta permanece abierta y sigue confrontando el corazón, ¿hasta dónde quieres llegar? No es una pregunta para responder con palabras, sino con entrega. No se responde desde el deseo, sino desde la rendición.
“Tú decides a dónde quieres llegar” no habla de autosuficiencia, habla de responsabilidad espiritual. Habla de permitir que Dios gobierne el corazón para que la vida que mana de él sea vida verdadera. Decidir a dónde quiero llegar es decidir a quién le entrego el gobierno de mi interior, qué voz escucho, qué verdad abrazo y qué cosas elijo soltar.
Hoy el Espíritu nos invita a detenernos, a mirar el corazón sin máscaras y a rendirlo nuevamente al Padre. Allí donde el corazón se inclina, los pasos se ordenan. Allí donde el corazón se rinde, la gracia comienza a guiar sin límites.
Tú decides a dónde quieres llegar, hasta donde su gracia te conduzca, hasta donde estés dispuesto a confiar, hasta donde te animes a caminar con un corazón guardado, rendido y alineado.
Que este año no sea definido solo por metas alcanzadas, sino por un corazón entregado. Porque cuando el corazón pertenece a Cristo, el camino se abre, la vida fluye y el propósito conmigo se revela mientras caminamos con Él.




