El poder de nuestra voz es maravilloso: revela lo auténtico que hay depositado en nosotros de una manera única y poderosa. La influencia de nuestras voces puede construir o destruir, por eso es un instrumento que debemos usar con plena conciencia de lo que provoca.
¿Sabías que nuestras cuerdas vocales tienen una particularidad única? Nos permiten expresar matices que revelan algo esencial: alguien irrepetible está detrás de esa voz. Podemos reconocerla, y esa voz puede generar temor o confianza. Pero cuando da vida, su fuente es Cristo, porque Él es la vida misma. En cambio, cuando nace del temor, no puede producir verdadera transformación.
En el libro de Nehemías vemos cómo él mismo, en momentos de desánimo y gran inversión de esfuerzos físicos para una reconstrucción histórica, fue un instrumento de ánimo, fuerza
y visión. No solo fueron sus palabras, sino también la influencia de su voz como instrumento único. Como dice en Nehemías 4:6: «Edificamos, pues, el muro… porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar». Y más adelante, en Nehemías 8:10: «No os entristezcáis, porque el gozo del Señor es vuestra fuerza». Este pasaje demuestra el poder de nuestras voces y el porqué y para qué deben ser oídas: no para imposición, sino para influir y producir transformación.
Vibrar en sintonía como hijos y representantes en esta tierra siempre traerá impacto en cada lugar o ambiente donde estemos.
Me encanta cómo lo expresa Cantar de los Cantares 2:14 (versión El Mensaje): «Déjame escuchar tu voz». Estas palabras las expresa el amado luego de dar ánimo y anunciar que su temporada había cambiado.
La esencia de ánimo, restauración, amor y visión es Cristo, y solo desde ahí comienza la verdadera transformación. Nuestro vivir en esta tierra debería reflejar ese fluir: avanzar en la expansión de su reino, tanto en lo visible como en lo audible.
Su voz, llena de amor, dirección y propósito, nos llama a levantarnos, salir de lo oculto y hacer oír lo que Él puso en nosotros. Este es el llamado para toda la iglesia: una realidad viva y transformadora.
La disonancia con el corazón de Dios y la ausencia de gratitud por su obra en nosotros han traído y seguirán trayendo muchas pérdidas. Esto no se trata de nosotros mismos, ni solamente de hacerlo bien, sino de usar nuestras voces habiéndonos afinado antes con su corazón y vivir una vida que demuestre su poder. 1 Corintios 13:1 (TPT y MSG) es un buen ejemplo de ello: «Si hablas con elocuencia, pero no expresas amor, tus palabras serán como el eco hueco de un címbalo que retiñe o como el crujido de una puerta oxidada».
Creo que esto será un buen ánimo para nuestros corazones y un desafío para nuestras vidas. Si el Padre no hace silencio de nosotros, no es tiempo de que nosotros hagamos silencio de Él; es tiempo de hacer oír nuestras voces al unísono para callar el ruido de voces confusas y sin autoridad. Sofonías 3:17b dice: «Te calmará con su amor y se deleitará con sus cánticos». Afinar nuestros corazones al sonido de su amor hará que nuestras voces sean oídas de la misma manera en que el Padre lo pronunciaría.
Uniendo distintas versiones y con un toque de expresión personal al interpretar, el pasaje de Sofonías 3:17-20 puede expresarse así: el Señor, tu Dios y Padre, está en medio tuyo y es poderoso para salvarte. Se goza profundamente en vos y se complace en tu vida. Con amor te renueva y aquieta todo temor, te llena de alegría. Canta sobre vos con gozo. ¡Qué impresionante! Si Él lo hace y se expresa así, cuánto más nosotros que somos sus hijos y sus representantes en esta tierra.
Creo que el único momento en el que deberíamos hacer silencio es cuando Su voz es tan fuerte en nosotros que lo único que se oye es el canto de amor de nuestro Dios y Padre. De tal forma que, al unísono, no se note la diferencia entre Su voz y la nuestra, y se pueda decir: «Hemos visto y oído al Hijo, hemos visto y oído al Padre» (Juan 14:9).







