En mi vida, Cristo y su modelo de servicio tienen un valor muy importante. Creo que el
servicio es una expresión de amor y parte del diseño de Dios en mí, y también un medio para bendecir a otros. Creo profundamente en el principio que enseña que el que quiere hacerse grande debe servir primero. Sin embargo, también sé, por vivencias personales, que cuando este valor no está sostenido por el valor mayor, que es el amor, el servicio puede volverse un detonante, manipulador y vacío de propósito.
Hace algunos años, junto a mi esposo Andrés, servíamos como pastores en otra ciudad. Yo
estaba cansada y, siendo honesta, no estaba cuidando bien mi corazón. Comencé a quejarme del equipo y del liderazgo con el que trabajábamos. Mientras esa queja crecía silenciosa dentro de mí, en un corazón poco agradecido, el Espíritu Santo me confrontó de manera clara y contundente a través de Romanos 14:4, que expresa la idea de “no te metas con el siervo ajeno”.
La enseñanza fue directa y el lineamiento me condujo a una sola dirección, arrepentimiento.
Entendí que, si eso no sucedía, muchas cosas se iban a complicar aún más de lo que ya
estaban, al menos desde mi perspectiva del “mejor servicio”.
Quiero dejar algo en claro, el servicio en el Reino no es complicado. Las personas no son
complicadas y, si lo fueran, sumado a una mala actitud de mi parte, nada fluye. Todo se
vuelve caos. Y donde hay caos, no está el Espíritu Santo obrando, sino mi propio deseo de
producir obras injustas, que terminan siendo como trapo de inmundicia.
Quiero que miremos dos pasajes que me han hecho reír, llorar, reflexionar y meditar, con la
ayuda del Espíritu Santo, para corregir la actitud de mi corazón.
En Juan 21:20–22, Jesús estaba hablando con Pedro. Imaginemos ese momento: una charla divina, íntima y única. Creo que Jesús afirmaba en Pedro su crecimiento y su llamado a seguir avanzando como pescador de hombres. Seguramente le hablaba del propósito del Padre para su vida. En los versículos anteriores, Jesús le pregunta tres veces si lo ama, para animar su corazón y para afirmar su llamado.
Aun así, Pedro no lograba comprender del todo la magnitud de lo que Dios estaba haciendo
con él. Y, como quien quiere desviar la conversación, pregunta, “Señor, ¿y qué de este?”,
refiriéndose a Juan. Puedo imaginar a Jesús mirándolo con amor y respondiendo con una
firmeza llena de gracia, “¿A ti qué? Sígueme tú”.
Parafraseando desde mi perspectiva, es como si Jesús dijera, por qué te preocupa más lo que voy a hacer con otro que lo que estoy hablando contigo sobre tu propia vida. Mi trato contigo es personal. Mi llamado es único. No les pido a todos lo mismo ni obro de la misma manera en cada uno.
El segundo pasaje que amo profundamente es el de Marta y María. Ambas amaban a Jesús.
Ambas estaban felices de tenerlo en su casa. Ambas querían honrar su presencia. Sin
embargo, la elección de María de sentarse a los pies de Jesús despertó un conflicto interno en Marta, quien expresó su queja señalando que su hermana no estaba haciendo nada.
Me apasiona ver personas apasionadas sirviendo a Cristo. Personas felices, sincronizadas con su corazón, que traen soluciones, que extienden el terreno como una alfombra roja para que el Gran Rey pase a través de sus vidas, manifestando su Reino. Amo ese despliegue ungido.
Pero también he visto, y vivido en carne propia, almas atribuladas, cansadas, incluso
enfermas, que hacen del servicio una demostración escénica de su éxito o de sus resultados, levantando estos laureles como si todo hubiera sucedido por mérito propio y no por gracia.
Es cierto que el servicio conduce a la grandeza, pero nunca lo hace para uno solo y jamás
desacredita o deshonra a otros.
Hace tiempo vengo meditando en esto, la desconexión del corazón de un hijo que sirve
convierte el servicio en una puesta en escena para el aplauso. En cambio, los hijos de la casa, los que entienden que el servicio engrandece, sirven sin que nadie se los pida. Y eso los conduce al incremento verdadero. Eso es vivir la gloria.
Creo que estamos en un tiempo clave para volver a mirar al Grande entre los grandes, al
Primero y al Último, a Cristo Jesús, quien se hizo siervo y obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz. No escatimó fuerzas, sangre, honra, ni su realeza, a fin de glorificar al Padre y, en ese acto, darnos vida a nosotros.
Marta, en algún punto, pierde la atención del corazón y convierte el servicio en excusa, en
logro y en una balanza falsa donde compara su corazón con el de su hermana. María, en
cambio, aquieta su alma, quizás tan atribulada como la de Marta, pero elige oír atentamente.
Aun así, Jesús vio los esfuerzos de Marta, la amó y la llevó a la verdad. La paz de su alma no estaba en el mucho hacer, sino en oír primero el corazón, para luego servir sin queja ni
amargura, sin cansancio ni excusas, sin mirar al que hace o al que no hace.
¿A ti qué? Sígueme tú.
Cuando comienzo a comparar mi liderazgo, a medir mis avances por resultados y no por
frutos, cuando veo la paja en otros y pierdo el observar sincero con el Espíritu Santo de lo
que está pasando conmigo, corro el riesgo de alejar mi corazón de una verdadera conexión
con el Padre y de su amor por los santos, su Iglesia.
¿A ti qué? Sígueme tú: Enfócate. No les pido a todos lo mismo. No obro igual en cada vida. Y que quede claro, yo llamo y pago la cuenta, es decir, todos serán recompensados.
Dios no es deudor de nadie. Él provee los recursos a quienes desean colaborar con su gracia, servir, y honra a los que le honran. Cuando conecto con su corazón para honrar a alguien, debo recordar que Él ya lo hizo primero. Yo solo debo seguir su dirección de honra y servicio. Mi servicio no está haciendo nada más grande que Dios mismo. Aun así, Dios
destaca la vida y el servicio de sus hijos sin que tengamos que pedir ni buscar nuestra propia promoción.
Mi mejor servicio tiene una sola marca registrada, Cristo. Y si Cristo lo dio todo, quien sirve
en su Nombre también lo hace. Toda persona que quiera servir no necesita nada más que un corazón dispuesto. Lo demás ya está provisto. Por eso, cuando decimos “el que quiere,
puede”, hablamos de predisponer el corazón para que suceda.
Creo que este año aquellos que han servido fiel y anónimamente a Cristo y a sus hermanos en Cristo, serán considerados dignos de confianza para mayores cosas, para secretos muy
guardados y para nuevos lugares de honra.
¿Querés servir? No mires a nadie. Ajusta tu corazón y hazlo.





