Hay una mención llena de poder que mi Apóstol Kimberly hace cuando dice: “La iglesia es
gloriosa y poderosa.” Somos esa iglesia gloriosa y poderosa porque la iglesia aquí en la
tierra debe evidenciar el corazón y el plano completo de lo que es en el cielo, cielo
entendido como una dimensión espiritual, y manifestarlo también en la tierra.
Muchas veces he visto modelos de escalafones dentro de lo que es la iglesia: títulos,
apellidos, posiciones socioeconómicas y otras cuestiones que nunca deberían definir a la
iglesia de Cristo aquí en la tierra, la cual está llamada a reflejar un modelo diferente.
Sin embargo, también he vivido lo que es una iglesia viva y apasionada, que no mira el reloj para ver cuándo terminará una celebración o reunión donde los hijos se congregan para oír la voz de Aquel que un día nos llamó de las tinieblas al reino de su Hijo amado.
He conocido y disfrutado las maravillas de testimonios, servicio y generosidad ilimitada de corazones puros que no buscaban ser nombrados ni esperaban reconocimiento público por la siembra generosa que habían realizado o por la calidad del servicio ofrecido.
He vivido momentos de alabanza interminable mientras regresábamos a nuestras casas
caminando muchas cuadras, cantando agradecidos por haber experimentado un tiempo
único. Y no terminaba allí: continuaba en los hogares, aun sabiendo que en pocas horas
habría que levantarse para trabajar o estudiar.
También vi crecer a la iglesia y añadirse tantos en un mismo momento que,
espontáneamente, quienes sentían el llamado a cuidar a los nuevos simplemente se
acercaban y lo hacían.
Del mismo modo, viví una iglesia que necesitaba ser contenida
porque, de lo contrario, se desenfrenaba, olvidando que lo dilatado de su imperio no tiene
fin y jamás lo tendrá.
Aun así, afirmo que la iglesia gloriosa, poderosa, sin mancha y sin arruga, la esposa de
Cristo, no es una iglesia piramidal.
Me encanta el versículo que dice: “La mies es mucha y los obreros son pocos. Pidan al Señor que envíe obreros a la mies.” Ahora bien, veamos qué significa ser obrero.
Un obrero es una persona activa en el campo: trabaja, sirve y lo hace de manera comprometida para que esa mies o cosecha no se pierda.
Lo segundo que expresa el versículo es que pidamos al dueño de la mies que envíe
obreros.
¿Quién es el dueño? Cristo. ¿Quién tiene a los obreros ya listos, que con solo
decirles que vayan irían? El dueño.
Para mí, este dueño tiene una particularidad: no está enfocado en sí mismo, sino en la
mies, y decide hacer partícipes a personas que ya lo conocen y a quienes Él también
conoce profundamente.
¿Cómo sé que esto es así? Por el simple hecho de que Él llama.
Sabe a quiénes llama, y ellos no tardarán en responder e ir.
Seguramente fueron sembradores, aquellos que araban la tierra o llevaban agua a los obreros en el campo. Tal vez eran quienes preparaban la comida que, después de largas jornadas de trabajo, todos compartirían celebrando y disfrutando de la gran cosecha.
La iglesia no es piramidal.
Sí necesita que los obreros oigan al dueño de sus vidas, a Aquel que les enseñó a sembrar y a labrar la tierra; a Aquel que les mostró el crecimiento de esa misma mies mientras animaba sus corazones y decía con voz cálida y firme: “Será una gran cosecha”.
Al escribir este artículo, seguramente alguien dirá: “Pero Débora, ¿qué hay de los pastores,
profetas, evangelistas, maestros y apóstoles? Ellos están en otro nivel. Han pagado un alto
precio.”
Aquí es donde muchas veces no comprendemos el modelo del Reino.
Somos obreros llamados y dotados con dones, roles y funciones diferentes, comprometidos unos con otros, cada uno sirviendo en su lugar al mismo dueño y a sus intereses.
Entre todos: los que oyeron primero, los que oyeron después, los que sirvieron fielmente, honesta e íntegramente, y también aquellos que salieron con el arado rápidamente, dejando atrás al buey viejo sin hacer un buen surco para la semilla.
Todos tendremos en algún momento el privilegio de ser llamados a algo más grande que nosotros mismos y que nuestros propios intereses.
Este llamado no será para demostrar quién es el más grande. Será un llamado sin competencia, un llamado en equipo, aunque cada uno corra su propia carrera. Sin duda, nuestra respuesta a Cristo nos conducirá juntos hacia la grandeza.
No somos una iglesia piramidal; somos un cuerpo ungido que crece hacia la estatura del
varón perfecto, porque así lo deseamos. Somos esa iglesia gloriosa y poderosa que impacta no solo con promesas y palabras, sino también con hechos concretos que dan testimonio del poder transformador de Cristo: genuina en amor, original en su caminar, generosa en su entrega y humilde al escuchar y ejecutar las palabras del único que es la cabeza del maravilloso cuerpo de Cristo.
Somos el modelo del corazón del Padre aquí en la tierra, y no un sistema de pensamiento
competitivo donde se corre detrás de un “queso” prometedor que nadie parece alcanzar, y
que, si alguien llegara a lograrlo, dependería únicamente de su propio esfuerzo.
Vivir una iglesia piramidal requerirá de fuerzas propias.
Vivir la iglesia de Cristo requerirá una entrega absoluta donde no caminaremos solos.
Esa iglesia está disponible para todos. Es la iglesia gloriosa y poderosa.
Vívela, o muere intentando con tus propias fuerzas.





